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La nieve que cae y la sangre que atrae {Priv. Alek}

Mensaje por Akeila Svarog el Miér Oct 05, 2016 8:07 pm

Akeila había tomado aquella difícil decisión. ¿O estar pendiente de aquellos que la habían acogido durante más de 20 años o bien ir a Japón a trabajar en aquella propuesta? Había optado por lo segundo pero sólo porque se había dado cuenta que era peligroso para ellos que ella se mantuviese cerca. Aquel ente no los quería. Pero, ¿por qué? Sus padres nunca le habían hecho daño, lo que los diferenciaba de aquellos niños que en la primaria le habían hecho la vida imposible. Claro que la pelimorada nunca había aprobado ver cómo trataba a esos niños e incluso había quedado algo traumada. Pero se tomaba las cosas con calma, era una persona bastante coherente y valiente. Actualmente ya no tenía a aquel ente que era incluso como un “ángel guardián”. Claro que muchas veces “eso” se había excedido pero ya estaba acostumbrada. Jamás había hablado de “esa cosa” con alguien aunque luego de esos acontecimientos no había vuelto a verlo. ¿Se habría ido? Tal vez… Aquello había sido muy raro y había dado qué pensar a la joven diseñadora.

Claro que también tenía otro objetivo y era que quería saber más sobre sus orígenes. Ella en primer lugar quería conocer la naturaleza y la cultura del país donde había nacido. Pero en segundo lugar, aunque no quería hacerse muchas ilusiones, deseaba encontrar alguna otra pista sobre su familia biológica. No tenía nada de ellos ni sabía por qué la habían dado en adopción pero tenía curiosidad. No sentía ningún tipo de resentimiento aunque sus padres adoptivos no habían sido muy cariñosos con ella. Pero no se quejaba y le gustaba su vida, la disfrutaba. Nunca le había faltado nada. Y ahora mismo, sin saberlo, estaba dando un gran paso para conseguir aquello que anhelaba.

Eran las 6 am y el avión había aterrizado en el aeropuerto de Tokio. Allí estaba el lugar donde trabajaría y a donde debía ir en primer lugar. Pero al principio debía asentarse en un departamento y descansar. Recién al día siguiente debía presentarse en el trabajo. Una cualidad que tenía la pelimorada era que había aprendido japonés, claro que a escondidas ya que quería aprender sobre su país natal. Ya estaba afuera del avión vistiendo un largo pantalón sencillo, unas botas de invierno largas hasta casi las rodillas y un largo abrigo de invierno. Su larguísimo cabello morado estaba recogido desde la nuca en dos coletas. Pero allí la temperatura era cálida, estaban adentro. Ya afuera recibiría de frente aquel viento helado y lo expresaría en voz alta “¡Qué frío hace!”. Estaban en invierno, eso era obvio. A continuación, la muchacha tomaría un taxi y junto con sus cosas iría hasta el sitio que desde ahora en adelante sería su hogar.

◘◘◘◘◘◘

Con el pasar de las horas, el frío se hizo más intenso. Era un día de lo más nublado y frío. Las nubes predominaban en el cielo y los rayos del sol llegaban filtrados por ellas. No tardaría en caer nieve. Pero no era nada grave y muchos niños y no niños había elegido salir de sus hogares para divertirse. La intención de la ojiverde era quedarse en casa y descansar luego de aquel cansador viaje. Jamás antes en su vida había volado en avión y siendo que al día siguiente comenzaría a trabajar, lo mejor era descansar. Pero no, había tanto por ver en la capital del país nipón… Así que luego de una ducha se abrigaría lo mejor posible con vestimentas de lana. Luciría una larga falda de lana de color rojo oscuro y un tapado de color negro, junto con unas botas forradas con lana. Su cabello lo llevaba suelto luego de haberse esforzado por secarlo. Lucía como lo que era, una joven que recién había terminado sus estudios y llevaba una vida normal. O al menos así quería creerlo ella. Para Akeila, las cosas “raras” que le habían sucedido, ¿eran “normales”? ¿O bien no quería pensar en el tema y creer que era una persona de lo más normal? Quién sabe, pero luego de esos sucesos no había visto nunca más algo raro e incluso podía interactuar con la gente sin sentir que era peligroso para ellas.

De momento, tenía intenciones de ir a pasear a algún centro comercial. Más que nada para ver qué tipo de vestimenta podría encontrar allí y observar cómo se vestía la gente. Estaba muy curiosa por ver cómo era Japón y estaba pensando que cualquiera de esos días podría ir a visitar el Monte Fuji, claro que en esos momentos no, pero quizá sí durante un fin de semana. Tomaría un taxi que la llevaría al centro comercial y luego pagaría el precio del viaje. Elegante y educadamente saldría del vehículo para dirigirse hasta las puertas automáticas que se abrirían automáticamente al sentir el calor de la fullbringer. Con una sonrisa la ojiverde entraría. Adentro se sentía el calor y la joven aflojaría la bufanda morada pero no se la quitaría. Observaría el lugar y comenzaría a recorrer los pasillos y ver las vidrieras. Le parecía todo muy bonito y se sentía muy cómoda allí. Se dio cuenta que casi ni pensaba en Rusia y sintió un poco de culpa por haberse ido, trató de quitar ese pensamiento de su mente.

En sus manos, llevaba un bolsito con dinero y su teléfono móvil aunque sabía que nadie la llamaría ya que amigos no tenía, alguien se había encargado de que así fuera. Un joven la chocaría en su momento y se disculparía, Akeila sólo diría que no pasaba nada y que estaba todo bien. Segundos después se daría cuenta que le faltaba aquel bolso, ¿era un ladrón? “¡Oye tú!” gritaría la pelimorada en medio de la “marea de gente” y más de uno miraría para ver qué pasaba. Akeila iría en dirección de donde había corrido aquel joven. Estaba molesta. ¡No podía creer que le habían robado!  

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Re: La nieve que cae y la sangre que atrae {Priv. Alek}

Mensaje por Alek Zeige el Sáb Oct 22, 2016 4:24 pm

Dicen que en todo viaje emprendido al final regresas alguna vez al punto de partida, bien como destino final o como una parada más dentro de aquella travesía. Ese hecho era algo que aún no se cumplía para él, sin embargo dicho pensamiento comenzaba a ser recurrente en su mente. Debía regresar, no entendía claramente la razón para hacerlo pero sentía una especie de impulso que lo llamaba. Mismo que le llevó a estacionarse en aquel momento en las tierras capitalinas.

Continuaba sin entender realmente que era esa sensación que tenía desde ya un tiempo suficientemente considerable. Esa necesidad de buscar algo o a alguien, dicho impulso que le llevó a viajar, independizarse y le permitió aprender todo lo que ahora sabía. Era una nueva persona, muy distinto al que sus padres vieron por última vez. Cada nueva experiencia continuaba forjando esa verdadera personalidad que siempre había permanecido oculta por el joven de cabellos morados.

Vestía de forma bastante casual. Una franela de color negro con algunos tintes de tonalidades variadas en su estampado. Sobre aquella se encontraba una camisa de cuadros, que jugaba con distintos tipos de rojo. Su grisáceo – oscuro – y ajustado pantalón era cubierto en cierta parte por las botas negras que llevaba. En su cuello colgaban dos cadenas, en la más larga se podía apreciar una placa mientras que en la segunda se encontraba un anillo.

No parecía el mejor de los atuendos para el momento, y es que realmente no lo era. Por alguna extraña razón el de ojos color esmeralda  tenía una capacidad un tanto extraña para adaptarse a la temperatura natural, por muy fría o calurosa que fuese. Aunque si se trataba de un aire acondicionado o calefacción la cosa era totalmente distinta. Era ese el motivo que le permitía a aquel joven caminar por las frías calles de Tokyo como si la temperatura no le afectara, vistiendo únicamente lo que quería llevar puesto.

No llamaba demasiado la atención, trataba de no hacerlo. Por lo que le era bastante fácil mezclarse entre la gente. Aunque en esta ocasión, el que vistiera de esa manera representaba claramente un foco para algunos. Dejaba escapar alguno que otro suspiro, manteniendo un semblante siempre sereno e incluso con cierto aire de melancolía. Disfrutando en silencio de las bondades que el mundo seguía ofreciéndole, mientras continuaba con su búsqueda de aquello que debía encontrar.

Escuchó aquel grito de una suave y agradable voz femenina, para segundos más tarde contemplar como un sujeto corría en su dirección con lo que parecía ser un bolso. El cual claramente no le pertenecía. No hizo nada en un inicio, se mantuvo tranquilo observando un poco más, esperando que aquel se acercara. Justo en ese instante su mirada se cruzaron con aquellos ojos y su reacción fue inmediata.

Tomó con su mano izquierda la parte trasera del cuello del abrigo del ratero, mientras que con un ligero movimiento colocaba su pierna justo detrás de las de éste. Con un halón logró hacer que el sujeto cayera al suelo, colocando posteriormente y de manera inmediata su rodilla sobre el pecho del malhechor. Me parece que eso no te pertenece – fue lo único que alcanzó a decir, sus ojos mostraban una clara seriedad. Pues su sentido de la justicia había despertado en ese momento. Sin incluir esa extraña sensación que tuvo en el momento en el que sus ojos se cruzaron con los de la aparente víctima.

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Re: La nieve que cae y la sangre que atrae {Priv. Alek}

Mensaje por Akeila Svarog el Lun Oct 24, 2016 12:09 am

Tiempo después, el incidente con el ladrón quedaría en el olvido. Poco importaría e incluso lo que había acontecido sería agradecido. Al menos de parte de la mujer proveniente de Rusia. Por supuesto que a nadie le agradaba que le robaran sus cosas. Akeila se había sentido frustrada cuando le habían quitado el bolso de sus manos. No porque fuese una persona material sino porque se sentía tonta. ¿Cómo había sido tan descuidada? ¿Tan maravillada había quedado al estar paseando en ese sitio nuevo? ¿Cómo era posible que le pasaran esas cosas? ¿Cómo había permitido que le quitaran sus cosas de la mano en su primera salida en la ciudad de Tokio?

La joven intentó abrirse paso entre la gente, de a poco iba perdiendo el contacto visual con el ladrón. Había llegado a creer que este se perdería y ella quedaría atrás. Y su frustración había aumentado en pocos segundos. Se sentía completamente avergonzada y notaba como los ojos de la gente se posaban sobre la estúpida chica que estaba corriendo detrás de alguien. Tal vez era sólo imaginación de ella y nadie estaba prestando atención. Pero lo cierto era que a los pocos segundos, la frustración le dio paso a la sorpresa. Durante unos segundos guardó contacto visual con esa persona. ¿Dónde había visto esos ojos  antes? Le eran tan familiares. Y sorpresivamente aquel sujeto luego detuvo a aquella persona que Akeila creía se perdería entre la multitud. En esos instantes sintió algo parecido al alivio aunque esto se estaba mezclado con una sensación de sorpresa.

Agitada caminó otros pocos pasos más hasta llegar al sitio en donde el muchacho de cabellos morados había detenido al ladronzuelo que ahora según veía Akeila era un joven castaño que parecía tener alrededor de 20 años. —¡Yo no tomé nada! —Gritaba esa persona que ahora estaba llamando la atención de toda la gente. Resultaba ser que ahora sí se estaba centrando toda la atención de las personas que estaban paseando y comprando. Akeila finalmente llegó a donde estaban, se sentía un tanto incómoda. ¿Cómo era posible que le pasara eso en un sitio que recién conocía y en un país al que apenas había llegado? El ladrón seguía retorciéndose y quería soltarse de aquel que lo había atrapado en su huida. La verdad era que Akeila ahora sentía que hubiese sido mejor darle sus cosas que estar pasando ese momento en el que cada vez se acercaban más personas curiosas. Deseaba desaparecer ya mismo de allí.

—Gracias... —Llegaría a emitir Akeila pero cualquier otra cosa que pudo haber dicho fue interrumpido por el personal de seguridad que había llegado hasta allí inmediatamente. —¿Qué está pasando aquí? ¡Suéltelo! —Exigiría aquel individuo alto y de cabello negro al muchacho que había atrapado al ladrón. Lo último que quería hacer la joven era explicar cosas delante de tanta gente pues cada vez se concentraban más curiosos. —Perdón… es que él tomó… —Comenzaría a querer explicar la mujer con un claro acento ruso aunque hablaba un fluido japonés. Pero el ladrón la interrumpiría y se defendería. —¡Yo no tomé nada! ¡Estaba caminando hasta que este individuó me agredió!  —Decía aquella persona que hacia segundos había dejado caer el bolso. —¡A esa señorita se le habrá caído con anterioridad! —Se excusaba sin sentir una pizca de vergüenza. Akeila más ganas tenía de salir de allí.

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Re: La nieve que cae y la sangre que atrae {Priv. Alek}

Mensaje por Alek Zeige el Vie Oct 28, 2016 1:07 pm

Los forcejeos de aquel castaño buscando escaparse del agarre no tenían mayores resultados, por lo que se vio en la necesidad de recurrir a otra estrategia. Ese claro culpable de toda la situación ahora intentaba mostrarse como la víctima, llamando la atención de todos alrededor quienes centraban las miradas en el inesperado evento. La dama de cabellos morados se acercó al lugar, se notaba sin necesidad de detallar demasiado que se encontraba incomoda con la situación. Misma que posteriormente se volvió aún más problemática.

Uno de los oficiales llegó para “controlar” la eventualidad, exigiéndole al de ojos color esmeralda que soltara al joven ladronzuelo. Dejó escapar un suspiro y lentamente comenzó a levantarse, soltando a aquel sujeto y con la mirada suficientemente fija en éste para que no intentara algo más. Aunque quizá no hacía falta tras la llegada del personal de seguridad. Para fortuna Alek era bastante bueno con las palabras y aquella serenidad que le caracterizaba daban un mayor punto de credibilidad ante los intentos alterados del chico. Le explicaré la eventualidad – musitó, haciendo una pausa para observar nuevamente a la chica – El joven que ahora intenta excusarse, poniendo de hecho una explicación un tanto irrazonable, tomó el bolso de la señorita acá presente – explicó con un tono de voz que reflejaba tranquilidad en sus palabras.

En primera instancia podríamos preguntarnos, ¿Qué haría una persona atacando a otra y reteniéndola en mitad de la multitud y sobre todo en las cercanías a un cuerpo de seguridad?, si lo analizamos carece de lógica a menos que realmente exista una razón clara y no un “yo estaba caminando y repentinamente me agredió”, lo cual claramente resta peso a su argumento – expuso con la intención de presentar puntos claves dentro de la situación – No conforme con ello, si él dice que no tomó nada. No habría razón para luego agregar que se le “habrá” caído con anterioridad – mencionó – puesto a que la dama acá presente nunca llegó a revelar que era lo que el joven había tomado – agregó.

Dio un par de pasos hacia el lugar donde se encontraba el bolso de la pelimorado y posteriormente se agachó para recogerlo. Puede también sentir en lo agitado de sus voces el hecho de que ambos se encontraban caminando a un ritmo mucho más rápido de lo normal, por no asegurar que incluso alguno pudo haber corrido en el camino – comentó mientras se levantaba para entregar el bolso a la chica y susurrarle – No te preocupes, todo estará bien – antes de volver hacia donde se encontraba inicialmente. Queda en sus manos tomar una decisión sobre el caso, pero considero que tienen las pruebas suficientes como para al menos permitir que la joven se pueda marchar – mencionó – Si se fijan en su acento podrán notar el hecho de que no es residente del país, y no creo que sea ideal darle momentos de incomodidad a aquellos que han decidido venir a visitarnos – finalizó.

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Re: La nieve que cae y la sangre que atrae {Priv. Alek}

Mensaje por Akeila Svarog el Jue Nov 03, 2016 9:28 pm

La primera salida de Akeila no había sido muy grata para ella. Al menos en un principio. Ella jamás había deseado que alguna persona intentara aprovecharse de su distracción. Lo cierto era que tampoco estaba tan distraída pero por lo visto tanta gente concentrada había generado que un adolescente se viera tentado a tomar algo que no le pertenecía. Y la “víctima” había sido una mujer que apenas conocía esos lugares. Gracias a esas cosas inesperadas, un joven había detenido a aquel ladrón cuando Akeila había creído que lo perdería de vista. ¡Pero no! El ladrón se había topado con un escollo y el sinvergüenza había armado un gran revuelo tratando de irse de allí con cualquier argumento que tuviese a mano. Pero por lo visto, “el ángel caído del cielo” que había socorrido a Akeila tampoco permitiría que el ladrón se saliera con la suya. Y aquello que había iniciado como la detención de un muchacho que gustaba por tomar lo que no era suyo, se transformara en una discusión en la cual palabras iban y venían.

La pelimorada sólo quería irse de allí y poco le importaba que ese joven castaño, que parecía ser un niño, recibiera o no su castigo. Pero claro que no podía permitir que por su culpa aquel que la ayudó se viese envuelto en problemas.  —¡Pero si ella acaba de decir que yo tomé algo y eso no es cierto! Y si te hubiesen tomado tan bruscamente y tirado al piso también estarías agitado. —Seguiría insistiendo aquel joven. Akeila, pese a sentir en un principio que no quería estar allí, de a poco empezó a sentir cierto malestar. Le desagradaba que aquel  estuviese inventando cosas. Pero se encontraba tranquila. Toda su vida se las había arreglado sola y lo que este joven hacia no tenía punto de comparación con el bullying al que había sido sometida en su colegio. Aquello que le fue susurrado en su oído la hizo entrar en razón.

—Yo creo que recuperé mi bolso. No es necesario seguir incomodándolos. Este joven en sí no me hizo más daño. Quizá solo mi bolso quedó prendido en sus vestimentas. Lamento las molestias. —Diría al personal de seguridad y luego durante unos instantes observaría al joven. —Si no les molesta creo que podríamos irnos todos. —Y a continuación miraría de reojo a aquel joven de cabellera morada. —Pues si es así pueden irse… —Empezaría a decir el personal de seguridad. ——Ándense con más cuidado que estarán siendo vigilados. Especialmente ustedes dos —Observaría a los dos masculinos que habían sido partícipes de la violencia en el centro comercial.

De repente la gente siguió con lo suyo. Quizá algunos estaban decepcionados pues ninguno había terminado en la comisaría. O quizá muchos iban interesados y comentando aquel incidente en el centro comercial. El personal de seguridad había hecho lo mismo, y el joven ladrón también. Akeila lo único que deseaba era desaparecer de allí. Y eso fue lo que estuvo  a punto de hacer cuando recordó que aquel pelimorado la había ayudado. —¿Te encuentras bien? —Le consultaría Akeila con cierta incomodidad normal debido a que no lo conocía. La verdad era que no había esperado jamás conocer a alguien en ciertas circunstancias. Era solo un bolso lo que había intentado robar aquel joven pero Akeila jamás había sido socorrida por nadie. Incluso más bien cuando la molestaban se sumaba más gente a molestarla. Aquello le molestaba principalmente a la joven porque el mal siempre recaía en esa gente, un mal mucho peor que el que le hacían a ella. Por eso era que hubiese quedado satisfecha con sólo ver que aquel chico no hubiese resultado herido por algo extraño. Y no era que eso no sólo no había sucedido sino que además, Akeila había recibido una ayuda inesperada… —Sino te incomoda podría invitarte a tomar algo. —Añadiría la mujer que estaba interesa en recompensar a quien la había ayudado. —Es por esta pequeña ayuda. —Agregaría antes de que el joven agregara algo. Akeila estaba inexpresiva, quizá a causa de lo que acababa de vivir.

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